¿Cómo empezar a meditar?

Si queremos incluir la práctica de la meditación en nuestros hábitos, es recomendable hacerlo poco a poco y sin grandes exigencias. Los grandes cambios, se producen al ser constantes en el tiempo con la práctica de pequeños esfuerzos. 

Es importante que el espacio que escojamos para meditar en casa, sea el mismo siempre, (evidentemente si vas a ir de viaje el espacio cambiará). Si además podemos, en este espacio poner algún elemento inspirador que evoque sentimientos de recogimiento como una sencilla vela, un incienso, una imagen que nos inspire sentimientos bondadosos o de cariño, y nuestro cojín y manta, tendremos el escenario perfecto para comenzar el viaje interior.

Puede resultar de mucha ayuda hacerlo siempre a la misma hora, y vincularlo con alguna de nuestras rutinas diarias, por ejemplo: me levanto, me lavo la cara y me siento a meditar, y si además, puedes (tal y como recomienda James Clear en su libro Hábitos Atómicos) recompensarte por haberlo hecho, por ejemplo: “me tomo el muy apetecible café de la mañana después de meditar” entonces irás afianzando con más facilidad tu nuevo hábito.

La música es un aliado a tener en cuenta. La música es vibración y produce efectos en nuestro ánimo. Elige una melodía de serenidad o incluso sonidos de gongs o de naturaleza que te acompañen en tu práctica. Elegir una pieza que dure el tiempo que puedes dedicar a tu meditación te servirá también como aviso para concluir la sesión.

Una vez te sientes en tu cojín, dedica tiempo a encontrar una postura cómoda, que puedas mantener en quietud. Alarga tu columna, relaja hombros y brazos…que las rodillas estén apoyadas en el suelo es lo ideal. Si no llegan, apóyalas en unos cojines. 

Repasa tu cuerpo en busca de tensiones que puedas soltar. La espalda está firme, no tensa. La coronilla va hacia el cielo. Lleva tu atención al rostro. Relájalo. Dibuja media sonrisa, y salúdate por tu nombre. Lleva la atención a la respiración, no hace falta modificarla, simplemente observa. Observa cada inhalación y cada exhalación. Lo ideal sería que ninguna pasara desapercibida. Así, tu respiración es tu “objeto de concentración”. Más pronto que tarde, llegarán los pensamientos y “secuestrarán tu atención”. Cuando te des cuenta, date las gracias, felicítate por haberte dado cuenta, repasa tu sonrisa y vuelve a la respiración…una y otra y otra vez. Ese es el entrenamiento. Empieza con pocos minutos, ninguna expectativa y toda la confianza. Como dice el I Ching: la perseverancia trae ventura.